martes, 20 de junio de 2017

RELATOS: Un mar de recuerdos - Parte X (Historia Atheriel)

❁ Capítulo XIX - El Reencuentro ❁

(Nota: Este capítulo contiene escenas con alto contenido violento)
Al principio, al verlo encorvado hacia delante y escuchar sus gemidos guturales pensé que se trataba de un no muerto.

Estaba tan absorta que no me di cuenta de su presencia hasta que lo tuve a escasos metros de distancia, acercándose mientras arrastraba los pies de forma pesada y alargaba sus finos y pálidos brazos en mi dirección. Iba descalzo, y las uñas de sus dedos, teñidas de negro por la suciedad, eran tan afiladas como las garras de un animal.
Apenas podía ver su rostro, pues su pelo caía sobre este ocultándolo casi en su totalidad. Lo tenía muy largo y de un color apagado, algo ralo en algunas zonas y extremadamente fino. Era difícil discernir su color exacto entre tanta mugre, pero pude adivinar algunas hebras rojizas bajo el brillo de la luna.

Lo que más me llamó la atención fue que llevaba una especie de bastón en una de sus manos, y que de vez en cuando mientras caminaba hacia mí lo acercaba a sus labios para morderlo y lamerlo como si fuese un trozo de hueso.

Podría haber huido (y debería haberlo hecho) justo en el momento en el que reparé en su presencia, pero me resultó imposible cuando le escuché pronunciar mi nombre y me di cuenta de que estaba vivo.

-          Atheriel…ayúdame – suplicaba con una voz que reconocí enseguida, a pesar del tiempo que había pasado y de lo cambiada que estaba – necesito más...

-          ¿¿¿Neldor???  

Di un paso atrás instintivamente, no estaba preparada para ese encuentro, y a pesar de ser de mi sangre su presencia era la última que necesitaba en esos momentos. Pero mi primo parecía tan enfermo…tan necesitado…que no pude huir, no podía dejarle allí en semejante estado.

-          Atheriel…- incluso mi nombre sonaba como una súplica – por favor ayúdame…sólo necesito alimentarme un poco más.

Busqué con nerviosismo un mendrugo de pan de entre mis ropas y se lo ofrecí, alargando el brazo tembloroso hacia él. No era la primera vez que veía a alguien enfermo, pero verle a él en semejante estado me partía el corazón y me aterrorizaba al mismo tiempo.

-          Toma, Neldor – dije, acercándome lo suficiente para que pudiese cogerlo - tranquilo, voy a ayudarte.

Él dejó que me acercase, alzando la mirada cuando aparté con suavidad el sucio pelo de su rostro para contemplarlo apenada.

¿Cómo unas facciones tan hermosas como aquellas podían aterrorizarme de esa forma?
-          No quiero…que me veas...así - dijo, apartando mi mano con brusquedad.

-          Neldor por favor, no te escondas de mí, necesito saber qué te pasa para poder...

Él me miró fijamente, y yo observé confusa el brillo verdoso que rodeaba sus ojos, que antes eran grises como los míos, y quedé enmudecida al instante.

Nunca antes había visto algo así, por mucho que razonase no pude encontrar una explicación lógica a su estado, al menos sin un examen más exhaustivo.

Pero no tuve tiempo para ello, pues se lanzó sobre mí feroz como un depredador a punto de devorar a su presa.

Tiró el bastón al suelo y con un movimiento sorprendentemente rápido agarró mi brazo, dando un manotazo a mi mano para hacer caer el pan al suelo. Yo di un grito asustado, que él rápidamente silenció poniendo su pestilente mano en mi boca.

-          Mi hambre no se sacia con la comida...ni mi sed con agua, y cada segundo que pasa es peor... - entonces acercó su boca a mi cuello y lo lamió trazando el recorrido hacia mi oído. - ¿De verdad quieres ayudarme, Atheriel?

Estaba sucio,  y entre otras sustancias asquerosas olía a sangre. Sus ropas, su pelo, su mano…apestaban a muerte. Entonces me fijé en el bastón que había dejado caer y lo reconocí enseguida.

“¡Madre!”

Intenté gritar, pero él me aferraba con todas sus fuerzas, que yo como una estúpida había subestimado al creerle débil. Pero en aquel momento mi presencia parecía darle energía y era mucho más fuerte que yo para poder defenderme mientras me tocaba, lamía y mordía con un ansía que, a pesar de lo que pensaba al principio, poco tenía que ver con la lujuria.

No era mi cuerpo lo que mi primo necesitaba mientras desgarraba mis ropas y me tiraba al suelo, ni tampoco cuando aspiraba mi aroma con fuerza pegando la nariz a mi pelo o a mi piel, colocándose sobre mí.

Era hambre, de la forma más voraz e irracional que podía existir; y sólo mi esencia, aquella que me convertía en lo que era y formaba parte de mí desde nacimiento, podía calmarla. Pero yo no lo sabía.

-          Hueles tan…bien - decía mientras sacaba su cuchillo de sus ropas para hacer un corte en mi mejilla, del que empezó a manar un hilillo de sangre que empezó a lamer y succionar provocándome arcadas.

No tardé en cesar en mis inútiles esfuerzos por soltarme, me tenía bien sujeta y sólo conseguiría malgastar mis escasas fuerzas, así que me quedé inmóvil e indefensa ante él, intentando encontrar una salida a aquella horrible escena que no lograba entender por mucho que lo intentase.

Volví a mirar el bastón de mi madre, y me di cuenta de que lo que había estado lamiendo antes había sido la sangre incrustada en las filigranas de la madera tallada y el rubí con forma de orbe oculto por cuatro garras afiladas. Apenas quedaba sangre en él, pero estaba claro que había sido usado como arma.

Qué horrible muerte la de un mago siendo asesinado a golpes por su propio bastón.

Pero no era el momento de lamentar la muerte de mi progenitora, no cuando la mía estaba tan próxima. Debía de hacer algo.

Mientras pensaba, mi primo repetía una y otra vez el mismo proceso, cortando y succionando mi sangre poco a poco. Como aquel que prefiere deleitarse del placer de comer, dando pequeños bocados para saborearlos mucho mejor.

“Deliciosa”. Era lo único que decía entre gruñidos placenteros mientras me absorbía lentamente.
Y aunque la pérdida de sangre era bastante lenta, cada minuto que pasaba me sentía más cansada.

Al ver que había cesado de mi empeño por soltarme, apartó la mano de mis labios y los besó de forma voraz, incrustando su lengua en mi boca para después apartarse y mirarme fijamente, aunque sólo unos segundos suficientes para hablar y continuar con su tortura.

-          Sólo un poco más, y te prometo que te dejaré - me dijo con una cruel dulzura, intentando sonar amable y no como el loco sanguinario que parecía – te prometo que te dejaré si me dejas probar un poco más de ti…

Y volvió a cortar, llevando esta vez la daga a mi cuello, donde temí que un corte mal estudiado resultase fatal.

Pero mi primo era un asesino, y adicto o no a la sangre seguía siendo un experto torturando a sus víctimas. Salvo que esta vez en vez de veneno utilizaba sus labios para provocar más dolor y repugnancia.

***
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No sé cuanto duró aquello, solo sé que mientras lo hacía yo trataba con todas mis fuerzas de aferrarme a una salida, alargando mi brazo libre para intentar agarrar el bastón de mi madre, pero actuando con sutileza para no alertarlo y perder mi única oportunidad.

Estaba tan cerca…y era tan frustrante no poder alcanzarlo…

-          Por favor, Neldor - dije débilmente – deja que te ayude, conozco un remedio que curará tu sed. Por favor, suéltame.

Mentía, en ese momento ni siquiera sabía que era la esencia de la magia que habitaba en mi interior lo que tanto deseaba, pero todavía me aferraba a la estúpida idea de calmarle. Pensaba que lo que necesitaba era mi sangre. En alguna ocasión había leído sobre enfermedades parecidas, pero no lograba recordar nada que me sirviese de utilidad sobre ellas.

-          Tú no lo entiendes… - dijo, apartándose lo justo para mirarme con los ojos inyectados en aquella sustancia extraña y brillante que corría por su cara en forma de lágrimas - ...la sed es insoportable. Tú nos abandonaste, no has visto lo que nos vimos obligados a hacer por ella…fui el único… ¡el único que sobrevivió!

Sentía mi cuerpo entumecido bajo el suyo, por un segundo me pareció que la cordura volvía a él tras haber consumido suficiente, pero lo cierto es que cuanto más bebía más incontrolable se hacía su ansía.

No tardó en perder el control de sus manos, frustrándose al no encontrar alivio en la tortura como antes, y tiró la daga al suelo para desgarrar mi piel con sus uñas, dejando atrás cualquier tipo de control que pudiese quedarle.

Volví a gritar con todas mis fuerzas. El dolor al sentir sus garras rasgando mi pecho fue tal que logré sacar energía de mi propio miedo a morir, y pude empujarlo con mis piernas lo suficiente para apartarlo y agarrar el bastón de manera defensiva.

Lo coloqué en posición inclinada apuntando hacia él como aviso para que no se acercase. Creo recordar que hasta le grité que se detuviese, pero él estaba tan cegado por el ansía y la rabia que ni se percató de que estaba armada cuando se volvió a lanzar sobre mi, ensartándose las afiladas garras del extremo del arma en el estomago.
Dicen que las heridas en el vientre son las más lentas y dolorosas de soportar, y yo no quería verle sufrir, no podía ver aquel dolor y la confusión en su mirada, clavada en la mía como si fuese incapaz de creer lo que le estaba pasando.

Así que para aliviar su sufrimiento (y también el mío) cogí su daga y le rebané el cuello.

-          Que la Luz te guíe…Neldor Danzasol, y que encuentres la paz allá donde vayas – murmuré sin fuerzas.

Después de recoger mis pertrechos y las hierbas que buscaba me alejé de allí a toda prisa. Dejando el cadáver del único familiar que había encontrado desde el inicio de aquella horrible pesadilla a merced de los animales del bosque.

Ahora sé, después de varios años de estudio, que de haberlo tratado a tiempo mi primo podría haberse curado. Puede que lo hubiese hecho con dificultad, y que hubiese una alta probabilidad de perecer en el intento, pero sé que no estaba completamente perdido cuando me encontró.

También sé que los magos fueron los primeros en caer rendidos a la sed que provocó la pérdida del Pozo de la Eternidad, por eso él fue el único que pudo salvarse en mi familia. Hasta que me vio.

Imagino que fue la casualidad, la costumbre y mi magia la que le atrajo a mi posición. Y no puedo evitar pensar que de no haber decidido ir allí, a la torre arcana de los Danzasol, yo nunca lo hubiese encontrado en ese estado y puede que aún siguiese vivo.

Aunque sólo fuese una remota posibilidad.

Capítulo XX - El fin del exilio ❁

Por suerte, no hubo muchas preguntas cuando regresé con el resto del grupo. 

No fueron necesarias, supieron nada más verme que nunca las respondería.

Lo importante era que estaba a salvo, y que había cumplido mi cometido.

Las hierbas, pese a las pocas esperanzas que me quedaban en ese momento, funcionaron. Y poco a poco el joven queldo’ rei se fue recuperando ante la alegría de los presentes, y especialmente de su madre.

Se llamaba Azurien Estrellablanca, y tenía los ojos color turquesa. Apenas me vio, pues las fiebres, aunque más estables, continuaron durante semanas. Pero yo nunca olvidaré su mirada, ni tampoco la de su madre aquel día.

Fue lo único que me mantuvo a flote durante el resto del viaje. Sus miradas agradecidas.

***

Un día después de aquello continuamos el viaje, pero mis ánimos por aquel entonces ya no eran los mismos que durante el inicio de nuestra marcha al sur. Y no guardo muchos recuerdos de aquello.

Hacía mi trabajo, si. Pero contemplaba la muerte de otro modo después de haber sentido lo que era provocarla con mis propias manos. Demasiado horror en tan poco tiempo puede volverte o loco o insensible, y yo me sentí de esa última manera durante mucho tiempo.

Insensible.
Hubo siete muertos más en nuestro grupo. 

Algunos cayeron presos de la Plaga, entre ellos Aerian Puertoluz, el noble que me pidió que les acompañase aquel día. Y otros por las heridas o la fiebre. Pero había visto a tantos caer durante aquel infierno que empecé a verlo como algo normal.

Hasta que finalmente encontramos refugio en el poblado de Quel’Danil en las Tierras del Interior. Donde nuestro guía nos dejó para continuar su marcha.

Nunca supe su nombre, pero le estaré eternamente agradecida.

Y del resto…poco más supe sobre ellos, ya que cuando el viaje acabó y llegamos al poblado nuestros caminos no tardaron en separarse.

Yo continué mis estudios medicinales aprendiendo de los forestales del lugar durante años, y llegué a forjar por primera vez una respetuosa y cercana camaradería con un sabio enano (del que quizás te hable en otro momento pues es también una larga historia) que me enseñó a entender muchos de los misterios que encierra la alquimia y a hablar un poco de su idioma. 

Pero no tardé en sentir tu llamada. A la que, en esta ocasión, no dudé en acudir para unirme a la tripulación de La Gloria Dorada en compañía de Thaegar el humano, sirviéndole como médico de a bordo durante años.

Y aunque deseaba volver al refugio de Quel’Danil y seguir aprendiendo de sus gentes, sabía que no encontraría el consuelo que mi alma necesitaba entre sus bosques.

Tan sólo junto a ti logré sobreponerme y recomponer parte de mi espíritu consumido por la Plaga. Y gracias a eso pude volver con mis hermanos, largo tiempo después, para volver a marchar sin rumbo en mi insaciable búsqueda de conocimiento.

❁ Epílogo ❁

“Hoy en día, en nuestro antiguo hogar se dice que somos unos cobardes por huir, que dimos la espalda a los nuestros para refugiarnos con los traidores humanos. Pero lo cierto es que yo no vi nunca seres más valientes que aquellos ochenta y tres elfos que me acompañaron hacia el sur durante nuestro largo y tortuoso exilio”
Créditos:

(Las imágenes utilizadas en mis relatos pertenecen a sus respectivos autores y no son de mi propiedad, si encuentro la página del autor publicaré en cada entrada a quien pertenece así como los enlaces a sus páginas, aunque no siempre encuentro el origen de estas) 

- Rip out my heart and eat it por NihilAzari
- Dawn2 de wlop

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