sábado, 22 de abril de 2017

RELATOS: Un mar de recuerdos - Parte VIII (Historia Atheriel)

❁ Capítulo XV - La torre arcana ❁

Gracias a la ayuda del paladín llegamos antes de lo esperado a la vieja torre arcana.


No era demasiado alta y sólo constaba de una planta baja lo suficientemente amplia para reunir a los refugiados en círculo. También había unas escaleras que se alzaban en espiral hasta llegar a un pequeño cuarto que servía como laboratorio, con un par de camas que yo misma hice anteriormente y donde mi familia y yo llevábamos descansando durante toda nuestra existencia.


Al menos, hasta ese momento…

Pero será mejor que no me ponga sentimental y acabe mi historia.

El caso es que todo seguía exactamente igual a como lo había dejado, así que mientras nuestro guía se encargaba de reconocer el terreno y de comprobar su seguridad en caso de sufrir algún ataque, ayudé a acomodar a los heridos en los petates y las camas que, sin mucho esfuerzo, el enorme elfo bajó para colocarlas junto al resto.

No fue necesario hacer un reconocimiento demasiado minucioso de los heridos para saber que dos de ellos tenían muy pocas posibilidades de sobrevivir. Por lo que mandé trasladarlos a las camas para que ambos recibiesen el mejor cuidado y estuviesen lo más cómodos posibles en sus últimas horas de vida.

Uno de ellos era un anciano, un venerable elfo de apariencia noble, y el otro era un muchacho que no llegaría ni a los sesenta años. Su madre apenas se había separado de él durante todo el trayecto, y sólo lo hizo para ayudar a protegernos de los ataques de los no muertos junto a aquellos que podían manejar un arma y con nuestro guía. Recuerdo que solía cantarle en voz baja, y también el efecto relajante que obraba en su hijo escuchar el sonido de su voz.

Pensé que si debía morir allí mismo, al menos él tendría la suerte de hacerlo habiendo escuchado algo agradable y bello en medio de tanto horror.

***

Después de asegurar a los heridos y enfermos, me dediqué a escarbar entre los restos de la torre para buscar lo necesario para tratarlos. Era una suerte que dentro de mi terror hacia la visión que tenía delante me hubiese dedicado a ordenar meticulosamente toda la torre para mantenerme ocupada durante esos días que me quedé allí encerrada. Así que cuando llegamos, todo estaba en perfecto orden y tenía bastante trabajo adelantado.

Aquellos que entraron antes que nosotros sólo se habían llevado parte de los suministros, y aún quedaban suficientes materiales para pasar al menos un par de días resguardados. Y con la ayuda de algunos refugiados, especialmente las embarazadas y el noble que me interceptó por el camino, fui tratando lo mejor que pude a toda a esa gente.

Pero el dolor no cesaba nunca, y a medida que pasaban las horas los lamentos se volvían más insoportables. Uno de los nobles, padre del chico moribundo, no dejaba de quejarse y pagar con todo el mundo las miserias que todos en mayor o en menor medida cargábamos a nuestras espaldas. Provocando que el malestar creciese entre los presentes.

Y cuando me cansé de escucharle, sintiendo de nuevo esas ganas de gritar que se callase de una maldita vez o de incluso golpearle por molestar a su mujer y su hijo con sus gritos, tomé la decisión de hervir unas cuantas infusiones tranquilizantes, llegando incluso a doblar su dosis para drogarlo.

A partir de entonces él y unos cuantos elfos demasiado ansiosos se pasaron la mayor parte del tiempo durmiendo como corderitos. Y yo logré centrarme un poco más y evitar, al menos en parte, esas terribles ganas de abandonar y comportarme por una vez como la noble que era.

Quejándome, pataleando y esperando que alguien viniese en mi auxilio...


❁ Capítulo XVI - Impotencia ❁

Pero me negué a llorar, era algo que no solía hacer en público y mucho menos mientras aquella gente confiase en mi serenidad para seguir adelante. Y que ni siquiera hice cuando tuve mi primera baja aquella noche, tras la pérdida del noble anciano.

Sabía que no había sido mi culpa, su fiebre era demasiado intensa y no había signos que pudiesen aclarar el motivo de aquellos extraños síntomas que tantos padecían en menor o mayor grado. Y por desgracia no sabía cómo tratarlos adecuadamente, pues parecían tener más secuelas psicológicas que físicas y yo no estaba especializada en este tipo de diagnósticos.

Aunque los remedios de hierbas hacían algo de efecto en los más fuertes, en los débiles sólo servían para dulcificar un poco la llegada de su muerte. Aquel anciano fue uno de ellos, y si todo iba como hasta el momento, seguramente debería estar preparada para la pérdida del joven.

Pero su caída sólo sirvió para rechazar aun más la idea de volver a perder otro paciente por culpa de las dichosas fiebres. Y después de enterrar al anciano ahí mismo, y ayudar a nuestro guía a preparar su cadáver para darle sepultura y escuchar sus breves palabras durante el entierro, decidí encerrarme en lo alto de la torre para estudiar todo tipo de remedios calmantes y tratar de dar con uno adecuado para el muchacho.



Como desde la torre podía verse perfectamente nuestra ciudad en ruinas, el paladín no permitió que nadie, salvo los pocos que mostraron ser capaces de sobrellevar aquello, subiese allí y me molestase. Y yo me instalé en lo alto para poder trabajar en mis ungüentos y pócimas con tranquilidad. Recibiendo de vez en cuando su ayuda y las visitas de unos pocos que se encargaban de controlar el lugar desde lo alto de la torre.

-          Si sigue así enfermará también – dijo alguien a mis espaldas, una de las mujeres embarazadas que al parecer andaba algo preocupada por mi (a veces) enfermiza obsesión por mantenerme ocupada.

-          Estoy bien – comenté, sin levantar la vista del libro.

-          No, no está bien – dijo seria, con esa decisión y el cariño que sólo las madres pueden expresar en sus miradas y sus voces, haciéndote sentir cómo una niña por muchos años que cargues a tus espaldas – Está tan agotada como todos nosotros, y necesita descansar o caerá rendida.

Me giré, dispuesta a discutir con ella si hiciese falta para que me dejase continuar con mis estudios. Pero me fue imposible llevarle la contraria.

Sus ojos mostraban verdadera preocupación por mí, por una desconocida. Y expresaban la misma esperanza que había visto tantas veces durante el trayecto. Confiaba en mí, y yo no podía fallarle dejándome consumir tan pronto.

-          Puede que tenga razón – dije, llevándome la mano a la cara para apartar un mechón de pelo tan sucio que parecía negro.

- Creo que un buen baño le sentará bien – sugirió con una sonrisa.



Créditos:

(Las imágenes utilizadas en mis relatos pertenecen a sus respectivos autores y no son de mi propiedad, si encuentro la página del autor publicaré en cada entrada a quien pertenece así como los enlaces a sus páginas, aunque no siempre encuentro el origen de estas) 

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